Esto comenzó en mitad de la noche, agitándome mientras vivía un sueño muy profundo y a la vez muy real: escuchaba música, una música bellísima que, por alguna razón, se correspondía exactamente con lo que yo iba sintiendo en mi corazón. Me di lentamente cuenta de que era yo quien la producía y saberlo me llenó de una alegría desbordada. Al abrir lentamente los ojos en mi sueño comprobé que estaba tocando un violín. Con toda naturalidad, a toda velocidad, sin ningún esfuerzo pero con pasión y tenacidad. Fluían por mis dedos los sonidos sin el impedimento de ninguna técnica o incapacidad. Tocaba como quien respira. Era consciente de una cosa: se trataba de uno de los sueños más felices de mi vida.
En el confuso momento de despertar seguí pensando durante unos segundos que sabía tocar el violín, y que en muy poco rato volvería a coger mi instrumento para revivir mis sensaciones. Pero, inevitablemente, la vigilia y la consciencia me fueron transmitiendo la triste noticia. No podría volver a sentir aquello porque nunca he tenido un violín ni he sabido tocarlo.
A pesar de la decepción de volver a la realidad, el enorme deseo de volver a sentir lo mismo que durante aquel sueño me llevó a tomar la decisión de aprender a tocar.
Me regalaron un violín, y desde entonces intento a duras penas aprender a, por lo menos, no martirizar a mis vecinos. Algunas veces en las que toco con un especial ensimismamiento creo acercarme a aquella felicidad lejana, que casi no recuerdo, apenas a un diez por ciento de intensidad. Pero esas ocasiones son las que me hacen amar este instrumento mágico, y las que me han empujado a dedicarle este sitio.
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